Los conformistas

Los conformistas

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emilyNunca ha preocupado tanto como en nuestros días la calidad social de la unidad humana. Nunca los especialistas oficiales se han inclinado con tanto cuidado, atención y curiosidad sobre los vástagos de los hombres. Nunca se ha intentado determinar con tanta minuciosidad e inquietud el valor, el rendimiento, desde el punto de vista de la vida en sociedad, de los productos de la generación humana. Nunca los poderes públicos han concedido tanta importancia a la selección de los individuos, a la eliminación de las escorias sociales, a la reducción del porcentaje de anormales, pervertidos y “asóciales”.
La solicitud de los dirigentes y eugenistas oficiales es de tal naturaleza que prevé hasta el aislamiento de los indeseables e incluso su supresión o, cuando menos, una operación destinada a impedir su reproducción.
¿Cuáles son pues las cualidades que hacen apto para la vida en sociedad al normal, al regular, al conformista? ¿Cuáles son los atributos especiales que hacen deseable su reproducción, su multiplicación hasta un número infinito de ejemplares?
Ahondando un poco la cuestión -no muy profundamente- se advierte enseguida que la mayor virtud del conformista consiste en que no entorpece lo más mínimo el funcionamiento de los medios en que nace, crece, se desarrolla y muere. Está dotado de todas las condiciones estáticas necesarias para ser deseable en una sociedad policiaca. Es buen compañero, buen obrero, buen ciudadano, buen padre de familia. Es honrado, inconscientemente escrupuloso, cumple sus compromisos, es fiel a sus obligaciones; se conforma generalmente con su situación social y cuando intenta elevarse a un escalón superior lo hace siempre dentro de los límites prescritos por la ley. Tiene buen corazón, paga sus deudas y no realiza nada que no cuadre con la moral al uso. Sus costumbres y su conducta están siempre de acuerdo con las fórmulas de la educación oficial. Hace suyas las opiniones de la mayoría; se adapta a los consejos, pareceres, indicaciones y órdenes de sus superiores, líderes, profesores, educadores y jefes del partido a que pertenece.
Es, de ordinario, buen creyente, y cuando duda, lo hace de una manera soportable. Su escepticismo es puramente superficial. Puede ocurrir que el conformista desee mejorar su condición económica, moral o intelectual; pero cuando experimenta este deseo no concibe su realización sino mediante la aquiescencia de la mayoría del medio en que evoluciona, o de la opinión pública a las transformaciones, a las modificaciones indispensables para que sus aspiraciones se conviertan en realidad.
El conformista es la piedra angular del edificio societario, estatal, gubernamental. La patria se apoya en él cuando se siente amenazada. El gobierno confía en su exactitud, en su buena voluntad para pagar los impuestos y cumplir sin protestar las cláusulas del contrato social. Sus protectores, su pastor, su cura y sus patronos tienen confianza en él. Sus padres, su esposa, sus hijos, sus vecinos, sus conciudadanos, se apoyan en él. No falta jamás a lo que de él se espera; ni sorprende ni decepciona a nadie. Todo el mundo, la policía inclusive, le concede entero crédito; se sabe que nunca se le podrá ver en compañía de gentes sospechosas. Desde el jefe del estado al último juez de paz, la sociedad organizada y jerarquizada, ve en él su más sólido puntal. No hay administrador social que no admita sin vacilar que el conformista se hallará a la altura de lo que se anticipa de él para mantener en buena vía el carro del cuerpo social.
Es a este tipo de ser humano -relativo naturalmente a las condiciones raciales y climatéricas, pero que varía muy poco en el fondo-, es a este tipo de conformista al que los poderes públicos y los eugenistas oficiales quisieran reducir, amoldar a todos los habitantes del planeta. Es a él a quien querrían erigir una estatua en cada plaza, en la esperanza de que la multiplicación de su imagen impresionase de tal modo a los viandantes que los hiciera incapaces de engendrar otro tipo de humanidad.
Los poderes públicos -los que actualmente detentan el poder político o administrativo y los que aspiran a arrebatárselo para ocuparlo a su vez-, los dominadores del ayer y el mañana se dan perfecta cuenta de que el conformista, el normal, el regular es el sostén más firme de la soberanía que ellos ejercen sobre los hombres.
En efecto, el regular, el normal, el conformista no puede existir sin una fuerza exterior que le garantice contra todo lo que puede alterar la tranquilidad, el buen funcionamiento y el desarrollo uniforme de su vida. No podría cumplir sus obligaciones para con el estado, la patria, los conciudadanos y aún los suyos mismos, sin una organización que le garantice contra las perturbaciones sociales o no autorice más que en cierta medida las oscilaciones de los medios constituidos. El conformista implica, pide autoridad; es un factor cuando no un agente de la misma.
El conformista cesaría de tener un valor social en un medio en que cada uno diera libre vuelo a su fantasía, aun cuando se le permitiera conducirse a su guisa. Semejante medio no podría garantizarle, a consecuencia del no conformismo universal, una existencia tranquila, desprovista de fluctuaciones y de aventuras. Vegetaría en el desorientado; caminaría a tientas; vagaría acobardado; sería algo inepto e inútil.
Tan verdad es esto como que el conformista, al día siguiente de una revolución, se sitúa automáticamente al lado de los vencedores. Percibe instintivamente que el partido que se ha apoderado de la administración de las cosas, por el hecho mismo de su elevación al poder, se adapta inmediatamente a su papel de gobernante y hace reinar el orden. Por esta razón, también, todo régimen existente tiene asegurada la mayoría.
Desde que los gobiernos son gobiernos se han esforzado siempre en perseguir y aniquilar a los inadaptados, a los no conformistas. Desde que las sociedades son sociedades se han dedicado a exaltar las virtudes del conformista, concediéndole el primer puesto en el banquete de la vida social. La historia de las colectividades humanas es el relato de las gestas y hechos que han tolerado y aprobado las gentes regulares, normales, es decir los adaptados. Todo el mundo conoce tales hechos: explotación, esclavitud, hegemonía financiera de los monopolizadores, despotismo moral de los privilegiados; amordazamiento y violación de la facultad de publicar y expandir el pensamiento en su integridad; obligatoriedad de sumisión a las cláusulas de un contrato social impuesto; intervencionismo en las relaciones de las unidades humanas; represiones civiles, militares y religiosas; obstaculización de las manifestaciones naturales del instinto; devastaciones, ruina y cadáveres de las guerras intra y extranacionales: todo eso ha sido refrendado por la adhesión de las gentes de orden, los regulares y los conformistas.
El resultado de la supremacía de los conformistas no es, como se ve, muy brillante. Cuando se reflexiona sobre la misión de salvaguardia de la sociedad que los poderes públicos los han conferido y cuando se considera igualmente que la situación lamentable en que se debate la mayoría de los seres humanos es consecuencia directa del silencio o de la complicidad de estas gentes de orden, de estos conformistas, uno se pregunta si la hora de una transmutación de valores morales y sociales no va a sonar al fin en el reloj de la evolución humana.
Figurémonos por un instante que los bohemios, los irregulares, los inadaptados sociales, los no conformistas, los sin dios ni amo, los sin fronteras, los al margen de la ley y la autoridad, los amorales, lograran vencer y edificasen una civilización propia en la cual pudieran evolucionar sin trabas. ¿Quién osaría decir que los frutos de tal civilización no serían mil veces superiores a los que ha producido el imperio, la dictadura de los conformistas, los adaptados y los partidarios del orden, la autoridad y la reglamentación?
¿No es hora ya de que los conformistas dejen franco el paso a los inadaptados?

*Extracto de “Realismo e Idealismo mezclados”, de Emily Armand.

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