Cuando llega navidad

Cuando llega navidad

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navidadNavidad llega y la multitud se dirige presurosa a las iglesias, se apiña en las catedrales ricamente decoradas, alumbradas magníficamente, cuya vasta nave se inunda de música maravillosa. Navidad llega y todo habla a los sentidos en los inmensos edificios en que el incienso, la claridad y los sonidos se mezclan para producir cierta embriagues en los que se amontonan bajo sus bóvedas. Navidad llega y la historia que es relatada cada vez que esta fiesta se reproduce, no deja, a primera vista, de ser interesante. Toca directamente a los corazones sensibles: una mujer joven, en el último periodo de su embarazo, se arrastra por una polvorienta carretera del oriente antiguo. Siente que la hora del parto está próxima, pero se la rechaza de posada en posada. Todas están llenas y no hay ningún viajero dispuesto a ceder su sitio a la errabunda. Cierto que se halla encinta y que su situación es verdaderamente lamentable, pero los albergados guardan su albergue: ¡que vaya a parir a otra parte! Cae la noche y los dolores del parto comienzan a torturar a la desgraciada. Todas las puertas están cerradas a tal hora: ¿se verá obligada María a depositar su primer hijo sobre el borde del camino? Todas las puertas… no todas, hay un establo abierto y los animales que lo ocupan se muestran menos duros de corazón que sus hermanos superiores. Permitirán a la fatigada madre alumbrar al hijo; la dejarán colocar en el pesebre al recién nacido.
Pero la historia no termina ahí. Sin duda el niño llora en el pesebre, mientras la madre, estragada, reposa sobre la paja del establo. ¿En qué piensa María? ¿En la rudeza de los hombres, en el porvenir reservado a su progenitura? ¿Qué sueños alimenta su cerebro quebrantado aun por las conmociones del alumbramiento? Más he aquí que de pronto se oyen voces, exclamaciones; numerosas antorchas iluminan la noche. ¿Qué cortejos son éstos que se dirigen hacia el humilde albergue? El temor ha reemplazado al sueño. Es que María es madre ahora. ¿Son bandidos? Se dice que éstos pululan por la comarca. ¿Son enemigos? ¿Amigos, quizá? Pero ella no tiene, ni conoce amigo alguno en los alrededores. Sin embargo, amigos y más que eso todavía: magos, potentados, reyes que vienen a adorar al recién nacido y a depositar tesoros a sus pies.
Pues el pequeño ser que yace en el humilde pesebre es el hijo de Dios. ¡Cómo entusiasma este desquite a las masas populares! El que un momento antes no tenía un lugar para venir al mundo, veía prosternarse ante él a los grandes de la tierra. ¿Quien sabe el pensamiento que, durante diez y nueve siglos, ha germinado y germina aun en la mente de las multitudes en creyentes? ¿Acaso no es Navidad el símbolo del día en que los ricos y los poderosos deberán inclinarse ante el pobre, el miserable convertido en algo superior a ellos por efecto de una potencia misteriosa que les sobrepasa?
He aquí navidad, fiesta del nacimiento del hijo de Dios, quien, según el dogma ortodoxo cristiano, fue dado a luz por una virgen. ¿Qué vino a hacer éste sobre la tierra? Vino a redimir, mediante sus sufrimientos, las faltas, las desviaciones, los pecados de una humanidad cuyos crímenes habían irritado al padre celestial. Es decir que estaba llamado a sufrir, durante toda una vida, en su carne y en su espíritu los mayores insultos, humillaciones, torturas y persecuciones, hasta morir clavado en un madero ignominioso. Seria comprensible tal sacrificio si guardara alguna relación con las culpas humanas. Pero es un capricho del padre; este viejo déspota necesita los sollozos, las dilaceraciones y la sangre de su hijo único para aplacar su cruel vindicta.
¿Su vindicta? Pero ¿qué le deben los hombres a quienes ha hecho de la nada sin consultarles? ¿Qué creador es éste, impotente para evitar que sus criaturas vayan por el mal camino o dejándolas traidoramente, desde la cima de su omnipotencia, debatirse y chapotear en la cloaca de las tentaciones y las concupiscencias? ¡Qué sadismo revela esta acción de crear seres sensibles y no dotarlos de la fuerza necesaria para vencer el mal! ¡Qué refinamiento de malignidad traduce el enviar a sabiendas después, para remediarlo, hacia el dolor de las incomprensiones, de las apostasías y traiciones a un ser que no sabe librarse de su crueldad!
¡He aquí Navidad! Niño Jesús: tú no eres el símbolo del des-albergado al que los conductores de rebaños humanos vendrán a rendir homenaje un día. Eres la imagen de los instrumentos vivientes de que éstos se sirven para realizar sus designios. Marcharás bajo el látigo de la voluntad de tu padre, tirano: servirás sus fines, no los tuyos, sin preguntarte que ventaja personal puedes sacar cumpliendo sus propósitos; seguirás, obediente, el surco que él te traza, sin replicar, sin formular una protesta, sin esbozar un lamento; sin murmurar otras palabras que las que implican una aquiescencia al aniquilamiento de tu querer, de tus sentimientos. Rechazarás los medios de escapar al poder del verdugo paterno; rechazarás la tentación liberatriz; y, hasta el fin, refrenarás el impulso de tus deseos.
Niño Jesús: tú no eres más que el símbolo de la resignación.

*Del capitulo 4 de la obra “Realismo e Idealismo mezclados”, de E. Armand.

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