La Incoherencia Intelectual del Conservadurismo

La Incoherencia Intelectual del Conservadurismo

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Artículo escrito por Hans-Hermann Hoppe titulado The Intellectual Incoherence of Conservatism, escrito en el Mises Institute que se puede encontrar aquí. Traducido por Josep Purroy para Enemigos del Estado.

El conservadurismo moderno, en los Estados Unidos y en Europa, es confuso y está distorsionado. Bajo la influencia de la democracia representativa y con la transformación de los EE.UU. y Europa en la democracias de masas tras la Primera Guerra Mundial, el conservadurismo se transformó de una fuerza ideológica anti-igualitaria, aristocrática, anti-estatista a un movimiento cultural de conservadores estatistas: el ala derecha de los socialistas y socialdemócratas.

La mayoría de los autoproclamados conservadores contemporáneos se preocupan, como debe ser, de la decadencia de las familias, el divorcio, la ilegitimidad, la pérdida de autoridad, el multiculturalismo, la desintegración social, el libertinaje sexual y la delincuencia. Todos estos fenómenos los consideran anomalías y desviaciones del orden natural, o lo que podríamos llamar normalidad.

Sin embargo, los conservadores más contemporáneas (por lo menos la mayor parte de los voceros del establishment conservador), o bien no reconocen que su objetivo de restablecer la normalidad requiere de los más drásticos, incluso revolucionarios, cambios antiestatistas sociales, o (si lo saben) se dedican al traicionar a la agenda cultural del conservadurismo desde dentro con el fin de promover una agenda completamente diferente.

Esto es, en gran medida, cierto para los llamados neoconservadores que no requieren mayor explicación aquí. En efecto, en la medida en que sus líderes se preocupan, uno sospecha que la mayoría de ellos son del último tipo. No están realmente preocupados por las cuestiones culturales pero reconocen que deben jugar la carta del conservadurismo cultural para no perderel poder y promover su objetivo totalmente diferente de la democracia global social. El carácter fundamentalmente estatista del neoconservadurismo estadounidense se resume mejor por la declaración de uno de sus principales líderes intelectuales Irving Kristol:

El principio básico del Estado de bienestar conservador debe ser simple: siempre que sea posible, debe permitirse a las personas mantener su propio dinero -en lugar de tenerlo que transferir (a través de impuestos al Estado)- bajo la condición de darlo a algunas determinadas personas.

Este punto de vista es esencialmente idéntico a la de los modernos, post-marxistas europeos socialdemócratas. Por lo tanto, el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), por ejemplo, en su Programa de Godesberg de 1959, adoptó como idea central el lema “tanto mercado como sea posible, y tanto estado como sea necesario”.

Una segunda rama, un poco más vieja, pero hoy en día casi indistinguibles del conservadurismo estadounidense contemporánea está representada por el nuevo (después de la Segunda Guerra Mundial) conservadurismo lanzado y promovido, con la ayuda de la CIA, William Buckley y su National Review. Considerando que el viejo (antes de la Segunda Guerra Mundial) conservadurismo norteamericano se había caracterizado por ser decididamente anti-intervencionista en política exterior, la marca del nuevo conservadurismo de Buckley ha sido su militarismo rabioso y la política exterior intervencionista.

En un artículo, “Los puntos de vista de un joven republicano”, publicado en Commonweal el 25 de enero de 1952, tres años antes del lanzamiento de su revista National Review, Buckley resume así lo que sería el nuevo credo conservador: A la luz de la amenaza planteada por la Unión Soviética: “Nosotros [nuevos conservadores] tenemos que aceptar el Gran Gobierno -ya que no nos libraremos ni de una guerra ofensiva ni defensiva… excepto a través del instrumento de una burocracia totalitaria dentro de nuestras costas”.

Los conservadores, escribió Buckley, tenían el deber de promover “las amplias y productivas leyes impositivas que se necesitaban para apoyar una vigorosa política exterior anti-comunista”, así como los “grandes ejércitos y fuerzas aéreas, energía atómica, inteligencia central, guerra de producción y la centralización del poder en Washington”.

No es de extrañar, desde el colapso de la Unión Soviética a finales de 1980, que prácticamente nada de esta filosofía ha cambiado. Hoy en día, la continuidad y la preservación del Estado de Bienestar-Estado Guerrillero de América es simplemente justificado y promovido por los nuevo neo-conservadores con referencia a otros enemigos extranjeros y peligros: China, el fundamentalismo islámico, Saddam Hussein, “Estados canallas”, y la amenaza de “terrorismo global”.

Sin embargo, también es cierto que muchos conservadores están realmente preocupados por la desintegración familiar o la disfunción y decadencia cultural. Me refiero, en particular, al conservadurismo representado por Patrick Buchanan y su movimiento. El conservadurismo de Buchanan no es, de ninguna manera, tan diferente a la del establecimiento por el Partido Republicano conservador como él y sus seguidores se imaginan. En un aspecto decisivo, su marca de conservadurismo está plenamente de acuerdo con la de la clase dirigente conservadora: ambos son estatistas. Difieren sobre qué es exactamente lo que hay que hacer para restaurar la normalidad en los EE.UU., pero están de acuerdo en que debe hacerse por el Estado. No hay ni un rastro de antiestatismo de principios tampoco.

Permítanme ilustrarlo con una cita de Samuel Francis, que fue uno de los principales teóricos y estrategas del movimiento de Buchanan. Después de deplorar las propagandas “anti-blanco” y “anti-occidental”, el “secularismo militante, el egoísmo codicioso, la globalización económica y política, la inundación demográfica, y el centralismo del Estado sin control”, expone un nuevo espíritu de “America Primero”, que “implica no sólo poner los intereses nacionales sobre los de otras naciones y abstracciones como ‘liderazgo mundial’, ‘armonía global’, y ‘Nuevo Orden Mundial’, sino también dando prioridad a la nación sobre la satisfacción de los intereses individuales y sub-nacionales”.

¿Qué propone para solucionar el problema de la degeneración moral y la decadencia cultural? No hay reconocimiento de que el orden natural en la educación signifique que el Estado no tiene nada que ver con eso. La educación es enteramente un asunto de familia y debe ser producida y distribuida con acuerdos de cooperación en el marco de una economía de mercado.

Por otra parte, no hay reconocimiento de que la degeneración moral y la decadencia cultural tengan causas más profundas y no puedan simplemente ser curadas por los cambios curriculares impuestos por el Estado o por declaraciones de intenciones. Por el contrario, Francisco propone que el vuelco cultural -la restauración de la normalidad- se puede lograr sin un cambio fundamental en la estructura del Estado de bienestar moderno. De hecho, Buchanan y sus ideólogos defienden explícitamente las tres instituciones básicas del Estado del bienestar: seguridad social, Medicare, y los subsidios del paro. Incluso quieren ampliar las responsabilidades “sociales” del Estado, asignándole la tarea de “proteger”, por medio de la importación nacional y las restricciones a la exportación, puestos de trabajo estadounidenses, especialmente en las industrias de interés nacional, y “aislar los salarios de los los trabajadores de EEUU de los trabajadores extranjeros que deben trabajar por $1 por hora o menos”.

De hecho, los Buchananitas libremente admiten que son estatistas. Detestan y ridiculizan el capitalismo laissez-faire, el libre mercado y el comercio, la riqueza, las elites, y la nobleza, y abogan por un nuevo populismo -en realidad proletario- conservadurismo que amalgama el conservadurismo social y cultural y la economía socialista. Por lo tanto, continúa Francisco,

mientras que la izquierda podría ganar a los Estadounidenses Medios a través de sus medidas económicas, los pierde a través de su radicalismo social y cultural, y mientras que la derecha podría atraer a los Estadounidenses Medios a través de apelaciones a la ley y orden y la defensa de la normalidad sexual, la moral convencional y la religión, las instituciones sociales tradicionales e invocaciones de nacionalismo y patriotismo, pierden a los Estadounidenses Medios cuando ensayan sus viejas fórmulas económicas burguesas.

Por lo tanto, es necesario combinar las políticas económicas de la izquierda y el nacionalismo y conservadurismo cultural de la derecha, para crear “una nueva identidad sintetizando tanto los intereses económicos y lealtades culturales-nacionales de la clase media proletarizada en un movimiento de política independiente y unificada”. Por razones obvias, esta doctrina no se llama así, pero hay un término para este tipo de conservadurismo: se llama nacionalismo social o socialismo nacional.

(En cuanto a la mayor parte de los líderes llamaos de la derecha cristiana y la “mayoría moral”, simplemente desean el reemplazo de la actual, élite izquierda-liberal encargada de la educación nacional, por otro, es decir, a ellos. “A partir de Burke,” Robert Nisbet ha criticado esta postura, “ha sido un precepto conservador y un principio sociológico desde Auguste Comte que la mejor manera de debilitar a la familia, o cualquier grupo social fundamental, es para el gobierno asumir, y monopolizar a continuación, funciones históricas de la familia.” Por el contrario, gran parte de la derecha norteamericana contemporánea “está menos interesada en las inmunidades burkeanas del poder de gobierno que de lo que es poner un máximo de poder gubernamental en las manos de quienes se puede confiar. Es el control del poder, no la disminución de poder, lo que ocupa un lugar destacado.”)

No voy a ocuparme aquí de la cuestión de si el conservadurismo de Buchanan es atractivo o no para las masas y si su diagnóstico de la política estadounidense es sociológicamente correcto o no. Dudo que este sea el caso, y sin duda el destino de Buchanan durante las primarias presidenciales republicanas de los años 1995 y 2000 no indican lo contrario. Más bien, quiero abordar cuestiones más fundamentales: Suponiendo que se tiene dicho recurso; es decir, en el supuesto de que el conservadurismo cultural y la economía socialista puedan ser psicológicamente combinadas (es decir, que las personas puedan tener ambos puntos de vista al mismo tiempo sin disonancia cognitiva), ¿pueden también ser eficaz y prácticamente (económicamente y praxeológicamente) combinadas? ¿Es posible mantener el actual nivel de socialismo económico (seguridad social, etc) y alcanzar el objetivo de restablecer la normalidad cultural (familias naturales y reglas normales de conducta)?

Buchanan y sus teóricos no sienten la necesidad de plantear esta pregunta, porque creen que la política es solamente una cuestión de voluntad y poder. Ellos no creen en tales cosas como las leyes económicas. Si la gente quiere suficientemente algo, y se les da el poder para hacer su voluntad, todo se puede lograr. El “economista Austríaco muerto” Ludwig von Mises, a quien se refirió despectivamente Buchanan durante sus campañas presidenciales, caracteizó esta creencia como “historicismo”, postura intelectual de la Kathedersozialisten Alemana, los socialistas académicos de la Presidencia, que justifican todas y cada una de las medidas estatistas.

Pero el desprecio historicista y la ignorancia en economía no altera el hecho de que las leyes económicas inexorablemente existen. No puedes tener tu pastel y comértelo también, por ejemplo. O lo que consumes ahora no lo puedes consumir en el futuro. O producir más de un bien requiere de una menor producción de otro. Estos deseos no pueden hacer desaparecer estas leyes. Creer lo contrario sólo puede llevar a un fracaso práctico. “De hecho”, señaló Mises, “la historia económica es una larga historia de políticas gubernamentales que fracasaron porque fueron diseñadas con un desprecio audaz por las leyes económicas.”

A la luz de las elementales e inmutables leyes económicas, el programa de Buchanan del nacionalismo social es sólo otro audaz, pero imposible, sueño. Los deseos no pueden alterar el hecho de que el mantenimiento de las instituciones básicas del Estado del bienestar presente y querer volver a las familias tradicionales, normas, conductas y cultura son objetivos incompatibles. Puedes tener uno -socialismo (bienestar)-, o el otro -tradicionales morales-, pero no puedes tener ambos. La Economía Social nacionalista, el pilar del actual estado de bienestar del sistema de Buchanan quiere dejar sin tocar, es la verdadera causa de la diversidad cultural y las anomalías sociales.

Con el fin de aclarar esto, sólo es necesario recuperar una de las leyes más fundamentales de la economía que dice que toda riqueza obligatoria o redistribución del ingreso, independientemente de los criterios en que se basa, consiste en tomar de algunos -los poseedores de algo- y dárselo a otros -los no poseedores algo. En consecuencia, el incentivo para ser un poseedor se reduce, y aumentan los incentivos para ser un no-poseedor. Lo que tiene el poseedor es característicamente algo que se considera “bueno”, y lo que el no-poseedor no tiene es algo “malo” o una deficiencia. De hecho, esta es la idea misma que subyace a cualquier redistribución: algunos tienen buenas demasiadas cosas y otros no las suficientes. El resultado de toda redistribución es que uno producirá menos bien e incrementará el mal, habrá menos perfección y más deficiencias. Al subsidiar con fondos fiscales (con fondos tomados de otros) a las personas que son pobres, se creerá más pobreza (malo). Al subsidiar a la gente que está desempleada, más desempleo (malo) se creará. Al subsidiar a las madres solteras, habrá más madres solteras y habrá más nacimientos ilegítimos (malo), etc.

Obviamente, esta idea básica se aplica a todo el sistema llamado de seguridad social que se ha implementado en Europa occidental (desde 1880 en adelante) y los EE.UU. (desde 1930): el “seguro” obligatorio del Gobierno contra la vejez, la enfermedad, accidentes de trabajo, el desempleo, la indigencia, etc. Junto con el sistema aún más viejo de educación pública obligatoria, estas instituciones y prácticas los convierte en un ataque masivo contra la institución de la familia y la responsabilidad personal.

Al liberar a los individuos de la obligación de disponer de sus propios ingresos, la salud, la seguridad, la vejez y la educación de los niños, el alcance y horizonte temporal de la prestación privada se reduce, y el valor del matrimonio, la familia, los niños, y las relaciones de parentesco baja. Irresponsabilidad, falta de visión, negligencia, enfermedad e incluso destruccionismo (males) son promocionados, y la responsabilidad, la hipermetropía, la diligencia, la salud y el conservadurismo (bienes) son castigados.

El sistema de pensiones, en particular, por el cual los jubilados (los viejos) están subvencionados con los impuestos establecidos sobre los ingresos corrientes (los jóvenes), de manera sistemática ha debilitado el vínculo natural entre las generaciones de padres, abuelos y niños. Los viejos no necesitan ya contar con la asistencia de sus hijos si ellos no han hecho ninguna provisión para su propia vejez, y los jóvenes (con menos riqueza acumulada generalmente) deben soportar con los viejos (con mayor riqueza acumulada en general) en lugar de la otra manera de hacerlo, como es típico en las familias.

En consecuencia, no sólo la gente quiere tener menos hijos -y, de hecho, las tasas de natalidad han caído a la mitad desde el inicio de las políticas de la moderna seguridad social (bienestar)- sino que también el respeto que los jóvenes han concedido tradicionalmente a sus ancianos se ve disminuido, y todos los indicadores de la desintegración y mal funcionamiento familiar, tales como las tasas de divorcio, la infidelidad, el abuso infantil, el abuso de los padres, abuso del cónyuge, padres solteros, soltería, estilos de vida alternativos, y el aborto, se han incrementado.

Por otra parte, con la socialización del sistema de salud a través de instituciones tales como Medicaid y Medicare, y la regulación de la industria de seguros (por restringir el derecho de una aseguradora a rechazar: para excluir cualquier riesgo individual como no asegurable, y discriminar libremente, de acuerdo con métodos actuariales, entre los riesgos de diferentes grupos), una maquinaria monstruosa redistribución de riqueza e ingresos a expensas de personas responsables y grupos de bajo riesgo en favor de personas irresponsables y grupos de alto riesgo se ha puesto en marcha. Las subvenciones para enfermedades debilitan el deseo de trabajar para vivir y para llevar una vida sana. Uno no puede hacer nada mejor que citar el “economista Austríaco muerto” Ludwig von Mises, una vez más:

estar enfermo no es un fenómeno independiente de la voluntad consciente (…) La eficiencia de un hombre no es más que una consecuencia de su condición física; sino que depende en gran medida de su mente y voluntad (…) El aspecto destruccionista del accidente y del seguro de salud se encuentra sobre todo en el hecho de que estas instituciones promueven los accidentes y la enfermedad, dificultar la recuperación, y crear con mucha frecuencia, o en todo caso, intensifican y prolongan la duración de los trastornos funcionales que siguen a una enfermedad o accidente (…) Sentirse sano es muy diferente a estar sano en el sentido médico (…) Debilitando o destruyendo por completo la voluntad de estar bien y en condiciones de trabajar, el seguro social crea enfermedad e incapacidad para trabajar; produce el hábito de quejarse -que es en sí mismo una neurosis- y neurosis de otro tipo (…) Como una institución social hace que un pueblo enferme física y mentalmente, o al menos ayuda a multiplicar, prolongar e intensificar la enfermedad (…) El seguro social ha hecho, pues, la neurosis del asegurado una enfermedad peligrosa pública. Si esta institución se expande y desarrolla la enfermedad se pronlonga. Ninguna reforma puede ser ayudar. No podemos debilitar o destruir la voluntad de la salud sin producir enfermedad.

No quiero explicar aquí el sentido económico de Buchanan y sus teóricos aún menos la idea de las políticas proteccionistas (la protección de los salarios estadounidenses). Si ellos tuvieran razón, su argumento a favor de la protección económica equivaldría a una condena de todo el comercio y la defensa de la tesis de que cada familia estaría mejor si nunca hubiera negociado con nadie más. Ciertamente, en este caso nadie podría perder su trabajo, y el desempleo debido a la competencia “desleal” se reduciría a cero.

Sin embargo, como una sociedad con pleno empleo no sería próspera y fuerte; estaría compuesta por personas (familias) que, a pesar de trabajar de sol a sol, estarían condenados a la pobreza y el hambre. El proteccionismo internacional de Buchanan, aunque menos destructivo que una política de proteccionismo interpersonal o interregional, se traduciría en exactamente el mismo efecto. Esto no es conservadurismo (los conservadores quieren que las familias sean prósperas y fuertes). Esto es destructionism económico.

En cualquier caso, lo que debería haber quedado claro es que la mayoría, si no todos, de degeneración moral y cultural disminuyen -signos de descivilización- a nuestro alrededor son los resultados inevitables e ineludibles del Estado de bienestar y de sus instituciones básicas. Clásicamente, los viejos conservadores lo sabían, y que se oponen vigorosamente a la educación pública y la seguridad social. Ellos sabían que los Estados en todas partes estaban empeñados en derribar y, finalmente, destruir familias e instituciones y capas y jerarquías de autoridad que son el resultado natural de las comunidades basadas en la familia con el fin de incrementar y fortalecer su propio poder. Ellos sabían que para ello los estados tendrían que sacar provecho de la rebelión natural de los adolescentes (menores) en contra de la potestad de los padres. Y sabían que la educación socializada y la responsabilidad social eran los medios de lograr este objetivo.

La educación social y la seguridad social ofrecen una abertura para la juventud rebelde para escapar de la autoridad de os padres (de salirse con suya mediante mala conducta). Los viejos conservadores sabían que estas políticas emancipaban al individuo de la disciplina impuesta por la vida familiar y la comunidad, sometidos a control directo e inmediato del Estado.

Además, ellos sabían, o por lo menos tenían el presentimiento de que esto llevaría a una infantilización sistemática de la sociedad -una regresión emocional y mental de la edad adulta a la adolescencia o la niñez.

Por el contrario, el conservadurimso populista-proletario de Buchanan -social-nacionalismo- muestra una completa ignorancia de todo esto. La combinación de conservadurismo cultural y bienestar del Estado es imposible, y por lo tanto, un disparate económico. Bienestar-estatista -seguridad social en cualquier manera, forma o tipo- lleva a la degeneración y declive moral y cultural. Por lo tanto, si uno está realmente preocupado por la decadencia moral de los Estados Unidos y quiere restablecer la normalidad en la sociedad y la cultura, hay que oponerse a todos los aspectos del Estado de bienestar moderno. Un retorno a la normalidad requiere nada menos que la completa eliminación del sistema de seguridad social actual: de seguro de desempleo, seguridad social, Medicare, Medicaid, educación pública, etc. -y por lo tanto la disolución casi completa y desmontar el aparato de estado actual y el poder del gobierno. Si uno quiere siempre restablecer la normalidad, los fondos del gobierno y el poder deben disminuir o incluso caer por debajo de sus niveles del siglo XIX. Por lo tanto, los verdaderos conservadores deben ser de la línea dura de los libertarios (antiestatistas). El conservadurismo de Buchanan es falso: quiere un retorno a la moral tradicional, pero al mismo tiempo que aboga por mantener las mismas instituciones en lugar de las que son responsables de la destrucción de la moral tradicional.

La mayoría de los conservadores contemporáneos, entonces, sobre todo entre los favoritos de los medios, no son conservadores, sino que son socialistas, ya sea de la clase internacionalista (los nuevos y neoconservadores socialdemócratas) o de la variedad nacionalista (los populistas de Buchanan). Los conservadores originales deben estar en contra de ambos. A fin de restablecer las normas sociales y culturales, los verdaderos conservadores sólo pueden ser libertarios radicales, y deben exigir la demolición -como distorsión moral y económica- de toda la estructura del Estado intervencionista.

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